martes, 19 de septiembre de 2017

Miedo, vergüenza, resentimiento y terror: el fracaso de la modernidad

Mientras fenómenos como el cambio climático o la transición energética plantean un reto mayúsculo a la humanidad, esta, lejos de unirse, parece dividirse cada vez más, con el miedo a los enemigos interno y externo creciendo de forma exponencial en lo que parece el preludio de una guerra civil global. Bajo la espuma de la violencia destructiva late un mar de sentimientos negativos y dolor en un mundo de supuesto progreso y prosperidad. Nuestra civilización está fracasando.



El 19 de abril de 1995 un camión bomba explotaba junto a un edificio del gobierno federal en Oklahoma City, EEUU, matando a 168 o 169 personas. Fue el atentado más sangriento de la historia de EEUU hasta que fue superado por el realizado el 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York. Sorpresivamente para muchos, el autor material de los hechos resultó ser un estadounidense blanco, Timothy McVeigh, veterano de la guerra del golfo. El retrato que generalmente se hace de McVeigh es el de un supremacista blanco del centro del país, esos que tienen una esperanza de vida tan baja y que han apoyado a Trump en las pasadas elecciones, aunque fuese por el libre comercio y no por el racismo.

Algunos hechos no cuadran con la caricatura de supremacista blanco que se hace de McVeigh. Estaba arrepentido de haber participado en el tiro al blanco que fue la guerra del golfo y sentía compasión por el enemigo.

No los maté en defensa propia […] Cuando arrebataba una vida humana me daba cuenta de que eran seres humanos, aunque hablen un idioma diferente y tengan costumbres diferentes. La verdad es que todos tenemos los mismos sueños, los mismos deseos, el mismo cariño a nuestros hijos y nuestras familias. Esas personas eran seres humanos en esencia iguales que yo.

En prisión, trabó amistad con Ramzi Ahmed Yousef, autor de un primer atentado fallido contra las torres gemelas. Tras la ejecución de McVeigh, Yousef afirmaría:

Nunca en mi vida he conocido a nadie con una personalidad tan similar a la mía.

¿Qué une ideológicamente a personajes a priori tan dispares? Si hubiese un choque de civilizaciones detrás del auge del terrorismo cabría esperar que los terroristas fuesen personas de otra civilización, en este caso una civilización atrasada y religiosa que se opone a los valores de racionalidad, individualismo, materialismo y tolerancia de Occidente. Sin embargo los terroristas no vienen de pueblos atrasados ni son profundamente religiosos. Como ha ocurrido en los recientes atentados de Barcelona (o como ocurrió en los anteriores ataques en París, Bruselas y Berlín), se trata de jóvenes educados en occidente, en este caso en España. Tal y como ha dicho su educadora social:

Estos niños eran como todos los niños. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. Como aquel que puedes ver jugar en la plaza, o el que carga una mochila enorme de libros, el que te saluda y te dejar pasar ante la cola del super, el que se pone nervioso cuando le sonríe una chica.

En realidad son jóvenes materialistas, con escasos conocimientos religiosos, habituados e incluso adictos a las redes sociales, al alcohol y otros estimulantes o depresores del sistema nervioso central. El perfil de un joven de suburbio cualquiera, con la particularidad de que sus padres o abuelos fueron inmigrantes. Tanto McVeigh como los yihadistas son un producto típico de la civilización occidental moderna: fracasados llenos de resentimiento que encuentran sentido a través de la destrucción.

Los seres humanos habitamos un universo simbólico, necesitamos relatos que nos expliquen cómo es el mundo. Como ya señalamos en nuestro anterior artículo, el relato de la modernidad se comienza a construir en la ilustración, de la disonancia entre ese relato y la cruda realidad surge el resentimiento que explota en la violencia individual o colectiva. Siguiendo a Pankaj Mishra en su libro La edad de la ira, y con la ayuda de Alain de Botton y su libro y documental Ansiedad por el estatus trataré de explicar las causas del malestar generalizado de nuestros tiempos y cómo nos conduce, en una era de incremento de los conocimientos técnicos y científicos, al dolor y al fracaso, individual y colectivo.


La narrativa de la modernidad

Puede que los filósofos se limiten a ser simples notarios de la realidad, que extraen elegantes principios universales de los cambios que día a día observan en su entorno, pero, no lo olvidemos, las ideas tienen consecuencias, aunque solo sea reforzar, dando legitimidad y popularizando, los comportamientos que son transcritos desde la práctica a la teoría.

El mundo del siglo XVIII era un mundo religioso en decadencia. Tras las guerras de religión de los siglos XVI y XVII la influencia de la clase comercial burguesa creció, ello vino de la mano, tal y como señala Tocqueville, de una narrativa que ensalzaba el conocimiento, la razón y el intelecto:

Mientras los reyes se arruinaban en grandes empresas y los nobles se agotaban mutuamente en guerras privadas, el pueblo llano iba enriqueciéndose con el comercio. El poder del dinero empezó a dejarse sentir en los asuntos del Estado. El comercio devino fuerza política, despreciada pero halagada. Gradualmente se fue extendiendo la cultura y despertó el gusto por la literatura y las artes. La mente pasó a ser un componente del éxito; el conocimiento, una herramienta de gobierno, y el intelecto una fuerza social; los hombres cultos participaban en los asuntos de Estado.

La tradición, basada en creencias irracionales, así como la religión, se dejaría a un lado para examinar todos los asuntos humanos a la luz de la razón. En palabras de uno de los principales voceros de aquella ideología, probablemente uno de los menos originales, pero precisamente uno de los más arquetípicos, Francois Marie Arouet, más conocido como Voltaire “Ningún problema puede resistir el asalto del pensamiento sostenido.”

Los valores morales y espirituales perdieron fuerza en favor de los puramente materiales. Voltaire publicaría El mundano en 1736, libro en el que elogiaría tanto el goce sensual “Una de las supersticiones del ser humano es creer que la virginidad es una virtud” o “La búsqueda del placer debe ser la meta de toda persona racional”, como el consumo y el lujo “Lo superfluo, algo muy necesario”, afirmaría. También reprueba el “dichoso estado de naturaleza”, en el que “nuestros míseros abuelos vivían como pollinos, sucios y sin que ninguno supiera lo que era lo tuyo y lo mío”. La civilización, que permitía la ciencia y la industria que proporcionaban los bienes para mejorar el bienestar se basaba en la idea del incentivo a la razón individual que proporcionaba la propiedad privada.

Individualismo, materialismo y razón son los ingredientes de la receta de la modernidad, a los que falta añadir un elemento que a menudo pasa desapercibido, el igualitarismo, o si se prefiere, una retórica de falso igualitarismo.

En efecto, aunque filósofos como Voltaire se sentían cómodos con la alta burguesía y despreciaban al pueblo “Yo conozco al pueblo: cambia en un día. Derrocha pródigamente lo mismo su odio que su amor”, hasta el punto de pensar que no merecía la pena el esfuerzo en su educación, no por ello dejaban de proclamar la igualdad de todos los hombre “Los hombres son iguales; no es el nacimiento sino la virtud lo que marca la diferencia”, como consecuencia de su rechazo a los principios aristocráticos, que la burguesía despreciaba. A pesar de cierta bipolaridad neurótica en este punto, desde Descartes quedó bien establecido que todos los hombres tenían razón, como antes se había admitido que todos tenían alma, y ese igualitarismo se terminaría plasmando en “La Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano” de 1789, que en su primer artículo afirmaba:

I. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común.

El individualismo, materialismo y racionalismo junto con la retórica igualitaria se combinarían para formular la religión secular moderna de progreso. Tal y como dijo Condorcet, la ciencia garantizaría:

La infinita perfectibilidad de la especie humana.

Pero (al menos) dos fallas estructurales de este armazón ideológico han traído la infelicidad a los que han sido afortunados alcanzando la abundancia, a pesar de que son odiados por parte del resto, menos afortunados, que miran con una mezcla de envidia y repulsión esa opulencia. En definitiva, el miedo, la violencia, la destrucción de la naturaleza y de la convivencia continúan siendo la tónica general a causa de estos problemas que denominaré “ansiedad por el estatus” y “falacia del hombre universal racional”.


La ansiedad por el estatus

¿Por qué, a pesar de nuestra abundancia material, no estamos satisfechos? ¿Por qué consumimos cada vez más a pesar de que ello no nos proporciona satisfacción y nos resta tiempo y recursos? Alain de Botton pone el ejemplo de la adquisición de un segundo televisor, en 1970 sólo un 3% de la población consideraba que se trataba de un bien esencial, en la década de los 2000 ese porcentaje era del 75%. El aumento de la producción y de la riqueza material lleva aparejado como contrapartida el aumento de las expectativas de consumo. Eso hace que nunca estemos satisfechos.

Vivimos y aprendemos en sociedad, y parece ser que no podemos dejar de tomar referencias de nuestro entorno social, eso hace que constantemente nos comparemos y establezcamos el baremo de la normalidad en relación a otros individuos. Tal y como lo expresaría mucho después Rene Girard, el deseo humano surge de la mímesis o apropiación:

Una vez que sus necesidades primordiales están satisfechas, y a veces incluso antes, el hombre desea intensamente, pero no sabe exactamente qué, pues es el ser lo que él desea, un ser del que se siente privado y del que cualquier otro le parece dotado. El sujeto espera de este otro que le diga lo que hay que desear para adquirir este ser. Si el modelo, ya dotado, según parece, de un ser superior desea algo, sólo puede tratarse de un objeto capaz de conferir una plenitud de ser todavía más total.

Merece la pena destacar como en los últimos tiempos y gracias a las aportaciones de la economía conductual, que incorpora aportaciones de la psicología, este punto de vista está siendo incorporado y debatido entre los profesionales de la ciencia lúgubre. Tomemos por ejemplo algunas citas entresacadas de este texto que se ocupa de la economía y la felicidad, en concreto la relación entre lo bienes materiales y el bienestar subjetivo:

nuestra felicidad depende sólo de nuestros ingresos en relación con nuestras aspiraciones en este sentido, y éstas, a su vez, dependen en gran medida de los ingresos medios de las personas de nuestro entorno”sucede que la competencia posicional y sus efectos no sólo resultan de la presencia de comparaciones de sesgo envidioso. También surgen en ausencia de las mismas cuando los individuos pugnan por lo que a partir de Hirsch (1977) se conocen como bienes posicionales”Los individuos no dejan de percibir que, a causa de la adaptación hedónica y de la pugna social, en el dominio monetario las aspiraciones se modifican en función de las circunstancias efectivas. Por consiguiente, se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a la obtención de objetivos monetarios, a expensas de la vida familiar y de la salud, y el bienestar subjetivo se reduce respecto del nivel esperado. Evidentemente, una asignación del tiempo que diera preeminencia a la vida familiar y a la salud aumentaría el bienestar subjetivo”

En una sociedad en la que la retórica nos dice que todos somos intrínsecamente iguales, pero en la que existen tremendas diferencias de riqueza y estatus, es inevitable que las personas se sientan avergonzadas por sus logros, y como señalará Tocqueville en La democracia en América, sientan envidia por los de los demás.

La prensa y la opinión pública transmiten sin cesar a todos que es posible llegar a ser cualquier cosa que uno desee, pero en una carrera que siempre es relativa y competitiva, la mayoría verá frustrados sus sueños, sintiendo desprecio hacia sí mismos y hacia sus superiores.

Así, si bien Kant en Idea de una historia en sentido cosmopolita se congratulaba de que "la vanidad malévola y competitiva" y el "insaciable deseo de poseer o incluso de dominar", había conducido a la humanidad a un proceso de ilustración, Rousseau señaló tempranamente el efecto corrosivo de estos principios sobre la comunidad:

La voraz ambición, la pasión por aumentar su relativa fortuna, no tanto por una verdadera necesidad como para elevarse por encima de los demás, inspira en todos los hombres una negra inclinación a perjudicarse mutuamente

El filósofo ginebrino también señaló como esta civilización cimentada sobre la competencia y la vanidad destruiría el amor propio de los individuos, lo cual fue expresado mucho más tarde de otra forma por William James, quién llegó a la conclusión de que la autoestima es un cociente entre las expectativas y los logros.

Una sociedad de este tipo, señaló nuevamente Rousseau, que dice proteger la libertad, termina destruyéndola de forma efectiva, ya que el tipo de afirmación individual que requiere el estatus, hace necesaria la dominación de otros individuos, lo cual se justifica, ya que se considera a los pobres culpables de su suerte.

El burdo materialismo y la consiguiente pérdida de espiritualidad contribuyen a echar más leña al fuego, ya que se pierde la idea, presente en muchas religiones, de que no existe relación entre el valor de una persona y los bienes materiales que acumula.

En definitiva, en una civilización de este tipo no hay vacuna para el miedo, la envidia y el autoaborrecimiento, más bien constituye su caldo de cultivo propicio.


La falacia del hombre racional universal

Ya hemos explicado como la modernidad depositó su fe en los individuos racionales guiados por su propio interés, definido este de forma materialista. Desde Montesquieu se consideró este modelo del ser humano como generalizable y universal. Los rastros de conductas guiadas por la tradición, la religión o el bien común perduraban en zonas atrasadas, e irían desapareciendo conforme la luz de la razón se fuese extendiendo.

Sin embargo, algunos intelectuales de zonas “atrasadas”, como Alemania (en aquellos tiempos sólo Reino Unido y Francia cumplían con los criterios de naciones auténticamente modernas) , Rusia y Japón denunciarían con vehemencia los errores palmarios de semejante planteamiento.

Dostoievski, entre otros, denunciaría a los tecnócratas que en su afán por modernizar olvidaban el profundo sentido que da al ser humano su cultura y sus lazos con la comunidad. En sus palabras, estos modernizadores creían:

Que no hay suelo, que no hay pueblo, que la nacionalidad es simplemente un determinado sistema fiscal, que el alma es tabula rasa, un pedacito de cera a partir del cual se puede crear directamente una verdadera persona, un hombre universal, un homúnculo; lo único que hay que hacer es aplicar los frutos de la civilización europea y leer dos o tres libros breves.

El individualismo tenía un precio, especialmente para aquellos que no conseguían elevarse por encima de los demás hasta los estratos más altos de la sociedad. El hombre moderno estaba alienado de la naturaleza y de su comunidad.

El ser humano ni siquiera es esencialmente racional, tal y como expresaría en Memorias del subsuelo, el relato de los pensamientos destructivos de un gris funcionario que rechaza los símbolos del progreso

Evidentemente, no podré romper ese muro con la cabeza, pero me niego a humillarme ante ese obstáculo por la única razón de que sea un muro de piedra y yo no tenga fuerza.

y

Estoy convencido de que el ser humano no renunciará jamás al verdadero sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos.

Por su parte, los alemanes opusieron a la sociedad como agregación de individuos egoístas la idea del Volk (pueblo) que tomaron de Rousseau, una comunidad orgánica definida por su lengua y cultura comunes, tradiciones, formas de pensamiento y memoria histórica, reflejado todo ello en su folclore. Así, según Herder:

Cada nación habla de acuerdo con la forma en que piensa, y piensa de acuerdo con la forma en que habla.

A través de estas reacciones los intelectuales de la periferia atrasada ponían de manifiesto aquello que habían omitido los ilustrados, y todos sus herederos posteriores, que es todo aquello propio del ser humano que no encajaba en su estrecha definición de racionalidad, y que incluye, junto a lo más bárbaro y animal del ser humano, también precisamente aquello por lo que merece la pena vivir. En palabras de Novalis:

Los espectros reinan donde no hay dioses.... [El hombre moderno está] incansablemente dedicado a limpiar la naturaleza, la tierra, las almas humanas y el aprendizaje de poesía, arrancando de raíz toda huella de lo sagrado, corrompiendo la memoria de los acontecimientos y las personas edificantes, y desnudando el mundo de todo ornamente resplandeciente.

En cualquier caso, las ideas de los románticos y otros intelectuales de naciones “atrasadas” esgrimidas para resistir al empuje de los modernizadores no ofrecieron, como veremos, resistencia a una ideología que se expandía de forma “natural” gracias a la difusión de la “razón”, muy al contrario, intentaron oponerse a una fuerza que se les imponía desde arriba de forma muy agresiva.


La falsa naturalidad de la modernidad

El término “despotismo ilustrado” no fue acuñado por casualidad o negligencia. Los ilustrados no sólo pensaban en un poder central fuerte para laminar el de la iglesia y la aristocracia, debía también reprimir a la masa, lo que Voltaire definía como:

masas innobles que sólo respetan la fuerza y nunca piensan

Los ilustrados cultivaron a autócratas despóticos como Federico de Prusia y Catalina de Rusia, que hacían bien, según Voltaire, en

predicar la tolerancia con la bayoneta calada en rifle

En definitiva, no importaban los medios, sino el fin. Como dijo Voltaire de Pedro el Grande

Admito que era un bárbaro; pero con todo, era un bárbaro que había hecho el bien a los hombres; fundó ciudades, construyó canales.

Un bárbaro que contribuyó a modernizar un país, aun cuando lo llevó, según un enviado prusiano de la época, al borde la revolución por

la abolición de sus costumbres, el rasurado de barbas, las vestimentas prohibidas, las propiedades confiscadas de los monasterios

Sería un error considerar que hoy estamos alejados de este tipo de ingeniería social realizada desde arriba. Como se reconoce en un informe de Naciones Unidas posterior a la Segunda Guerra Mundial

En cierto sentido, un rápido progreso económico es imposible sin ajustes dolorosos. Hay que borrar filosofías ancestrales, desintegrar antiguas instituciones sociales; romper lazos de casta, credo y raza; y frustrar las expectativas de una vida confortable de un gran número de personas que no pueden mantenerse al ritmo del progreso.

Atartuk, el lider turco que fascinó a Hitler, Mao, el Sha de Persia, Nehru, son algunos de los que con mayor o menor fortuna han intentado ese proceso doloroso para intentar colocar a su nación a la altura de las más modernas. Como escribió el japonés junichiro Tanizaki:

Colocados ante una civilización más avanzada, no hemos tenido más remedio que introducirla en nuestras vidas y, de rechazo, nos hemos visto obligados a bifurcarnos en una dirección diferente a la que seguíamos desde hace milenios.

En occidente, la propia globalización y su proyecto de disolución de resistencias colectivas puede verse como una nueva vuelta de tuerca en este gran proyecto de ingeniería social de destino cada vez más cierto: el colapso.


De los dolores de parto de la modernidad a ¿la guerra civil global?

A veces se nos olvida que el proceso de modernización en Europa condujo a décadas de guerras, insurrecciones populares, represión y gobiernos autoritarios. Más de siglo y medio después de la primavera de los pueblos esos “dolores de parto” de la modernidad se pueden ver como un pequeño precio a pagar por un futuro de felicidad ansiedad y opulencia. Se nos olvida que ahora mismo la mitad de la humanidad está inmersa en un proceso parecido, pero sin posibilidades reales de alcanzar un desarrollo similar al de occidente dados los problemas del cambio climático, el declive de la energía neta obtenida de los combustibles fósiles y los problemas más generales relativos a la escala de la transformación realizada por el hombre en el planeta, que son los rendimientos decrecientes de infinidad de actividades y el declive de bienes públicos y comunes. Si de forma altamente improbable se consiguiesen frenar problemas tan graves como el cambio climático, surgirían otros nuevos relacionados siempre con la escala de la transformación. Es un hecho esencial que no debemos olvidar.

Parte de esos miles de millones de personas, la parte que se haya dotado de cierta cultura, se siente ahora como Vissarion Belinsky definía el sentimiento de la intelligentsia rusa en la primera mitad del siglo XIX

Nuestra educación nos privó de religión; las circunstancias de nuestra vida no nos dieron una formación sólida y nos negaron cualquier posibilidad de dominar el conocimiento [el pensamiento occidental coetáneo]; estamos reñidos con la realidad y se justifica que la aborrezcamos y despreciemos, del mismo modo que se justifica que ella nos desprecie a nosotros.

Los islamistas no han sido los primeros en declarar una guerra santa, lo hicieron los alemanes contra Napoleón. Tampoco han sido los primeros en pensar en una organización basada pequeños grupos autónomos, a principios del siglo XIX una sociedad secreta italiana, la carbonería, estableció la misma estrategia. Nos rebelamos de la misma forma en un proceso muy similar, sin embargo, las apuestas son cada vez más altas.

Educados para creer en derechos y en autonomía individual, para ser individuos únicos que afirman su ego a través de la posesión de objetos de consumo, pero enfrentados a la realidad de permanecer en la periferia del sistema, la envidia por aquello de lo que se carece se unirá al sentimiento de autoaborrecimiento por haber abandonado la cultura tradicional y sus valores no materialistas en favor de otra que nos escupe a la cara nuestra inadecuación.

Esto es lo que tienen en común Timothy McVeigh y Ramzi Ahmed Yousef, y por eso fueron tan amigos, a pesar del odio que se supone tendría que tener un supremacista blanco hacia un islamista como Yousef. Para McVeigh la cultura tradicional que está siendo traicionada es precisamente aquella que se la ha inculcado en la escuela, la del sueño americano.

La modernización de Alemania, Italia y Japón nos costó dos guerras mundiales (y otras anteriores) ¿podemos pagar ese precio por la modernización de China y la India? La violencia que se está desatando no es casualidad, y aunque existan medios de control más efectivos no inciden sobre la raíz del problema, miles de millones de seres humanos con una disonancia profunda entre sus expectativas y su realidad, a nivel individual y de país.


Transformar la realidad

Pankaj Mishra finaliza su libro, en el que he basado la mayor parte de este artículo, con una exhortación a adoptar un pensamiento realmente transformador. La solución no vendrá solo del pensamiento, son necesarias prácticas que vayan en consonancia con él, pero no cabe duda que una narrativa adecuada es necesaria para potenciar y legitimar esas prácticas novedosas.

Los elementos para crear una narrativa en torno a una nueva civilización ya los tenemos, sabemos que nuestras necesidades humanas no son estrictamente materiales, sabemos que el énfasis en lo material nos resta felicidad, una vez cubiertas ciertas necesidades básicas. Conocemos que nuestra fe metafísica en el progreso y la tecnología es destructiva, y sabemos que el ser humano además de competitivo también es empático, colaborador y cooperativo.

¿Cómo unir estos elementos? Una noción que potencialmente es muy atractiva para formar parte del núcleo de una nueva narrativa es el concepto de límite. Este concepto remite a la imposibilidad de un crecimiento infinito en un planeta finito y limitado, y ha recibido un espaldarazo científico gracias al éxito del marco conceptual de los Planetary Boundaries. Progresistas y liberales se han percatado de la incompatibilidad entre la narrativa de la modernidad y el marco de los Planetary Boundaries, pasando al ataque, hasta ahora con escaso éxito. La idea de límite remite también a lo limitado del conocimiento humano, frente a la idea metafísica de la modernidad de un conocimiento siempre creciente hasta el infinito. Los propios límites de lo que puede ser conocido, reconocidos por la postura del agnosticismo, abren la puerta a un desarrollo espiritual que permita superar el tosco materialismo de los modernos. Por último, la idea de que una vez cubiertas ciertas necesidades básicas, el resto no son de índole material, permite que sea politicamente más viable la redistribución de la renta, y que todos los seres humanos tengan acceso a un mínimo vital o límite inferior, que les permita cubrir sus necesidades.



Otro concepto importante que a mi juicio puede ser de gran utilidad es la universalidad de ciertas características del ser humano, pero cambiando el énfasis de la razón, que remite al egoísmo y a la competición, por la empatía. De esta forma, la comunidad cultural, fuente de identidad y pertenencia, esa comunidad que comparte lengua, memoria histórica, tradición y folclore, puede verse como un elemento necesario y útil para el desarrollo psíquico, social y espiritual del ser humano en armonía con el medio natural; en lugar de ser una herramienta para la supremacía material, a través de la competencia en el mercado o en el terreno militar, con los tremendos conflictos étnicos y religiosos que ello ha ocasionado, paradojicamente, en la época moderna, que condena la religión y la tradición como fuente de atraso y barbarie.

En nuestras manos está, todavía, percatarnos de que el camino que se lleva es insostenible, y que es necesario, como señala Pankaj Mishra, un pensamiento realmente transformador para evitar los males y catástrofes a los que parece abocado este nuevo siglo, males que de continuar por este camino, harán que las guerras mundiales parezcan un simple entremés. Intentemos que el “progreso” de la barbarie detenga por fin su fatídica marcha.


Epílogo: Una nota breve sobre el socialismo

Se debe hablar de modernidad, no de capitalismo, ya que el socialismo comparte con él características esenciales que nos conducen a los mismos problemas. En realidad, como decía Hobsbawm, en el futuro la Guerra Fría será vista como vemos hoy en día las guerras de religión en Europa entre católicos y protestantes. Una pelea por las notas al pie de página de la ideología, más que por su esencia.

En efecto, Marx bebe de la ilustración, y comparte sus errores. Dejando a un lado cuestiones tan importantes como que los marxistas carecen de una sola idea válida sobre el cambio social, su fe en el progreso y en la razón le hace despreciar la religión, la tradición, y los particularismos locales. En definitiva, haciendo una simplificación grosera, toma las ideas de materialismo, razón y universalismo de la ilustración y refuerza el lado igualitarista. Dado que según su concepción el obrero es explotado por el capital, la igualdad se logra cuando este posea los medios de producción y obtenga para sí mismo la plusvalía extraída por el capitalista. En definitiva, se trata de lograr la igualdad a través del reparto de la producción, producción que se organiza a través de la razón (por consiguiente de forma jerárquica) para que sea lo más eficiente posible. En definitiva, su visión de la igualdad es incoherente, ya que se deriva de la igualdad material, primando sobre todo la producción (lo que a todas luces se ha mostrado “poco razonable”, como ya mostré en este artículo: Producción, progreso y civilización: Marx y la izquierda reaccionaria), pero con posiciones funcionales distintas para cada individuo en la organización de esa producción.

Parece lógico pensar que la igualdad tiene poco que ver con la producción (nuevamente, una vez suministrados ciertos bienes básicos), sino con el desarrollo individual, en el que juegan un papel esencial aspectos como la pertenencia a una comunidad cultural, la espiritualidad, el arte o la disponibilidad de tiempo para relaciones sociales y afectivas. En este sentido nos puede ser más útil John Ruskin que Karl Marx. En definitiva se trata de evitar que la acumulación de riqueza sea tal que permita dominar a otros individuos, para ello debe de existir una fuente de riqueza suficiente controlada por la comunidad. Por suficiente entendemos la que permite alcanzar el umbral mínimo tal y como lo define Kate Raworth en la economía donut. Hay muchas formas de lograr este propósito, por ejemplo, Karl Polanyi en su libro El sustento del hombre analiza el conflicto entre Pericles y Cimón como un conflicto entre dos sistemas de redistribución, los banquetes suntuarios ofrecidos por el patrón (Cimón y otros terratenientes) a sus clientes en el marco del caserío, y los pagos (Misthos) por participar en las funciones públicas ofrecidos por la Polis. Mediante el misthos los ciudadanos conseguían independencia de los terratenientes. Esta historia está muy relacionada con el origen del dinero y de la acuñación.

Es sencillo entender por qué el socialismo es el más débil de los sistemas de creencias surgidos del tronco ilustrado. Con su énfasis en los bienes materiales y en la producción, a través de la razón, activaba el deseo mimético entre naciones, o entre los bloques socialista y capitalista, por lo que necesitaba imponerse a este último en ese terreno, con mayor razón por cuanto cualquier otra fuente de sentido para el individuo (religión, tradición, arte) fue borrada del mapa por su carácter irracional. Como bien explica Rafael Poch en esta larga entrevista, los ciudadanos de la República Democrática Alemana, en la época de la caída del muro, querían que su sociedad fuese un parque temático, Disneylandia. Es decir, estaban infectados por un hedonismo mimético bastante vulgar.

Los marxistas y los liberales insistirán en que sólo son posibles dos sistemas socio-económicos cada uno de los cuales está basado en su propio sistema de creencias, pero la realidad es que ambos son muy similares, comparten un tronco común, y son precisamente esas ideas compartidas las que tienen mucho que ver en el colapso de nuestra civilización y en la incapacidad de los modernos de ser felices en medio de la abundancia material. No hay que subestimar lo pernicioso que resulta esta idea de que existen “dos sistemas”. Como dice Pankaj Mishra, es hora de un pensamiento realmente transformador. Es hora de pensar fuera de la caja.

martes, 4 de julio de 2017

El ser humano sin límites

Las narrativas con las que explicamos el mundo y a nosotros mismos son erróneas e, incluso, van en contra de la ciencia. Urge cambiarlas para superar la barbarie de la modernidad y mejorar unas  condiciones de vida que seguimos amenazando.



Como explica magistralmente el hindú Pankaj Mishra en su libro La edad de la ira la idea cuasireligiosa de un ser humano sin límites tiene su origen en la ilustración, en un contexto ideológico determinado. Y por ideológico entiendo precisamente lo que entendía el filósofo ilustrado Helvetius, la confrontación de formas de pensar que responden a los intereses de individuos, grupos o clases. Voltaire terminaría siendo uno de los plebeyos más ricos de su época. Como explica otro ilustrado, Tocqueville:

Mientras los reyes se arruinaban en grandes empresas y los nobles se agotaban mutuamente en guerras privadas, el pueblo llano iba enriqueciéndose con el comercio. El poder del dinero empezó a dejarse sentir en los asuntos del Estado. El comercio devino fuerza política, despreciada pero halagada. Gradualmente se fue extendiendo la cultura y despertó el gusto por la literatura y las artes. La mente pasó a ser un componente del éxito; el conocimiento, una herramienta de gobierno, y el intelecto una fuerza social; los hombres cultos participaban en los asuntos de Estado.

La acción racional, buscando el interés propio, era la forma de mejorar la condición personal, acción que no debía ser entorpecida por la costumbre, o las prerrogativas de nobles o religiosos. Para eliminar esas prerrogativas se hicieron revoluciones como la francesa.

La idea de la acción racional, y de la razón como medio de mejorar las condiciones del ser humano surge pues como una narrativa que justifica la preponderancia de un grupo (los burgueses) sobre otro (los nobles y religiosos). Sin embargo, esta idea termina cobrando vida propia y emancipándose de su función de justificación de clase, para convertirse en una idea que terminará dominando el sistema, sustituyendo a la idea de la salvación del alma inmortal en la otra vida, convirtiéndose en la idea metafísica que dota de sentido de último recurso las vidas de los individuos y por tanto justifica el sistema socioeconómico, por supuesto, ya despojada de toda medida o límite. Citando al propio Mishra:

Pero el futuro les pertenecía a ellos y a su vocación de no dejar títere con cabeza en el mundo político y social, de examinar todos los fenómenos a la luz de la razón, y considerar todo susceptible de cambio y manipulación mediante la voluntad y el poder humanos. Los philosophes aspiraban a aplicar el método científico, descubierto en el siglo anterior, a fenómenos ajenos al mundo natural: al gobierno, la economía, la ética, el derecho, la sociedad y hasta la vida interior. Como lo expresó D´Alembert, "la filosofía es la física experimental del alma". Nicolas de Condorcet esperaba que la ciencia garantizara "la infinita perfectibilidad de la especie humana".

Las ideas ilustradas no eran democráticas, con la excepción notable de Rousseau los ilustrados denostaban al pueblo. La acción racional era propia del ilustrado, hombre de mérito que se alza sobre la masa iletrada y vulgar. Los reyes son necesarios no sólo para centralizar el poder limitando el de la iglesia y la nobleza, sino para mantener controlada con mano firme y, en caso necesario, bayoneta en ristre, las veleidades de la plebe, zafia e irracional.

domingo, 11 de junio de 2017

Un mundo fragmentado: Europa a un costado

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca Europa ha perdido un apoyo clave, y muy necesario, para salir de los problemas en los que se ha metido. Mientras se tratan de mantener los discursos huecos de progreso, modernidad y fraternidad que quedaron en evidencia con la crisis, aislada del mundo, continúa por una vía muerta hacia un triste e inevitable final.



Como ya comentamos en una entrada anterior, el ya antiguo fracaso en las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio (en gran medida provocado por la Unión Europea), la propia evolución del volumen del comercio internacional, y sobre todo los datos de transacciones financieras entre estados nos muestran que el mundo está retrocediendo en su integración económica. Parece que la globalización termina, y deja tras de sí un mundo fragmentado, como ya ocurriera en el pasado.

Con gran celeridad y un poco de improviso hemos visto cómo se nos trata de transmitir una imagen de este nuevo mundo como dividido entre dos facciones, por un lado el “populismo” y por el otro el resto, es decir, el statu quo, aquellos que se atribuyen la sensatez y la racionalidad, y que podemos denominar “globalistas” o también “neoliberales”. Los que como yo, no nos sentimos identificados con ninguna de estas posiciones nos encontramos en un lugar incómodo, criticar a los populistas nos pone de parte de los globalistas, los auténticos responsables de la situación, pero si no lo hacemos podría parecer que sentimos simpatía hacia el “populismo”, lo cual no es cierto.

Lo primero que habría que aclarar es qué es esto del “populismo”, y mi opinión es que es una etiqueta peyorativa para desprestigiar algo, porque en realidad todos los líderes, partidos y ciudadanos englobados bajo esa etiqueta podrían ser definidos mucho mejor como nacionalistas. Hace ahora tres años ya anticipé que el mundo tendía a polarizarse entre nacionalistas y globalistas, y pedí evitar estas dos opciones, pero por desgracia de momento no se atisba en el horizonte ninguna alternativa.

jueves, 23 de febrero de 2017

Trumpconomics: la lucha de EEUU por conservar la hegemonía

La administración Trump pretende desarrollar una política económica que incluye estímulos fiscales (mayor gasto público y menores impuestos) y restricciones a la movilidad de las personas y las mercancías, manteniendo la plena movilidad del capital. De llevarse a cabo, este plan trastocaría el orden económico internacional, creando uno nuevo. Sería la tercera vez en menos de cien años que EEUU cambia las reglas del juego, siempre con la intención de mantener su hegemonía.


Conocemos, aparentemente, todo sobre Trump: sobre su padre y cómo llegó a EEUU, sobre su mujer actual y las anteriores, sobre sus hijos y las parejas de estos, como le gusta decorar la Casa Blanca; una avalancha de información intrascendente, de ramas que nos impiden ver el bosque. Ese bosque es un hecho muy importante, nos encontramos ante un posible, e incluso probable, cambio en el orden económico internacional, un momento similar a la firma del tratado de Bretton Woods en 1944 o al cierre de la ventanilla del oro por Richard Nixon en 1971.


Un poco de contexto

La primera vez que EEUU estableció las reglas del juego fue, como es bien sabido, tras la II guerra mundial. Los Estados Unidos llegaron al final de aquella guerra como clara potencia hegemónica, lo que les llevó a rechazar el plan, intelectualmente brillante, de John Maynard Keynes, representante de la delegación británica. Keynes postulaba un sistema internacional que penalizase los superávits comerciales y permitiese el reciclaje de esos excedentes en los países deficitarios en sus transacciones con el resto del mundo. La idea de Keynes era evitar déficits comerciales persistentes entre países, que llevasen a la acumulación de deudas y por tanto a una retracción de la demanda, que él entendía era la causa fundamental del estancamiento económico.

Esto es muy interesante porque la llegada de Trump al poder ha colocado otra vez en primera plana la cuestión de los superávits y déficits comerciales. La historia se repite, primero como tragedia y más tarde como farsa ¿o es al revés? El tiempo dirá.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Kim Kardashian, epítome del nuevo capitalismo

A comienzos del siglo XXI, reducida a la mínima expresión las “alternativas” socialistas, así como las comunidades indígenas “atrasadas”, y aprovechado cada rincón del globo susceptible de ser utilizado en una actividad económica rentable, el capitalismo continúa su expansión, extendiendo la lógica de la mercancía a ámbitos donde no hubiésemos soñado ver al mercado en acción.



Estamos acostumbrados a pensar de forma dicotómica en el estado y el mercado como entidades opuestas y contrarias que condicionan nuestro comportamiento. Este reduccionismo pasa por alto el hecho usual de que los grupos de seres humanos son capaces de autoorganizarse sin la intervención de agentes externos, o que los seres humanos actúan movidos por sus propios valores, y no solo en cumplimiento de normas jurídicas o buscando un incentivo económico.

En efecto, en este sentido, Victor Turner habla de la communitas, en su libro El proceso ritual: estructura y antiestructura

Es como si hubiese aquí dos “modelos” principales de interrelaciones humanas yuxtapuestos y alternantes. El primero es el de la sociedad como sistema estructurado, diferenciado y a menudo jerárquico de posiciones político-legal-económicas. […] El segundo […] es el de la sociedad como una communitas desestructurada, rudimentariamente estructurada o relativamente indiferenciada, una comunidad o incluso una comunión igualitaria de individuos que se someten juntos a la autoridad ritual de sus mayores.

Por su parte el economista Kenneth E. Boulding en su obra Las tres caras del poder, en la que trata de explorar y analizar la naturaleza del poder, dividía este en tres categorías, el poder amenazador, que se usa sobre todo en el mundo de la política y estaría relacionado con la capacidad de destruir, el poder económico, relacionado con la capacidad de producir e intercambiar, y el poder integrador, relacionado con la capacidad de crear relaciones de respeto, amor, legitimidad y amistad. Lo más destacable de su análisis es que concluía que sin duda el poder por excelencia era el poder integrador, ya que poco puede conseguir el poder amenazador o económico si carece de legitimidad.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un mundo fragmentado: la globalización cae sobre nuestras cabezas

Los datos y los acontecimientos no admiten discusión, el paradigma económico, político y social bajo el que hemos vivido durante las últimas tres décadas, la globalización, se encuentra en franco retroceso. Nadie puede señalar un culpable salvo a aquellos que lo impulsaron a pesar de todas sus contradicciones. Ahora se trata de que las ruinas de este desastre no caigan sobre nuestras cabezas, y para ello es urgente movilizarse en torno a dos objetivos estratégicos, un modelo de cooperación internacional que descanse sobre pilares distintos a la libertad de comercio y de movilidad de capital, y un sistema político que gane legitimidad, frente a la crisis del gobierno representativo y el auge del autoritarismo.


DAS ENDE DER WELT: EL FIN DEL MUNDO. Fuente: Der Spiegel

 
Hace ahora algo más de un año el periodista James Meadway se preguntaba en el periódico británico The Guardian si habíamos alcanzado el cénit de la globalización. El mismo se respondía afirmativamente ante unos datos que dejan poco espacio para la duda. Como había expresado en una conferencia un miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, los flujos financieros entre países habían descendido un 60% desde el punto álgido anterior a la crisis de 2008.


Este significativo descenso estaba dirigido por una importante reducción de las operaciones internacionales entre bancos. Aunque la razón de este cambio no es importante dentro de la línea argumental del artículo, incluyo esta imagen de los cambios en los flujos financieros entre los sistemas bancarios de un conjunto selecto de países. Es curioso como las operaciones entre bancos españoles y alemanes, franceses y holandeses se han reducido, mientras que han aumentado las que se realizan con bancos de Reino Unido y Estados Unidos.


Las inversiones en cartera también se han reducido, aunque algo menos, mientras que la inversión extranjera directa se mantiene más o menos en los niveles anteriores a la crisis.

Por otro lado, el comercio, que se recuperó extraordinariamente bien tras su desplome en 2008, como muestra este índice que sintetiza el tráfico de contenedores de mercancías


se encuentra estancado desde finales del año 2014. De hecho en el primer trimestre del año cayó un 1,1%, mientras que en el segundo aumentó tan solo un 0,3%, a pesar de lo cual se mantiene una previsión de crecimiento del 1,7% para este año, por debajo del crecimiento del PIB.


El comercio no crece ni siquiera lo que crece la producción, es decir, disminuye en términos relativos, lo que indica que la tendencia de las economías es a volver a mirar hacia el mercado interno.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Brexit: incertidumbres y el fin de la Unión Europea

El discurso dominante nos habla de la irracionalidad de los británicos, tras el Brexit, el cielo caerá sobre sus cabezas a causa de su xenofobia. Detrás de esta fachada se oculta el vacío, no hay plan, se desea el sufrimiento del Reino Unido para apuntalar un proyecto que ya ha muerto, aunque todavía no seamos conscientes de ello. El Brexit plantea numerosas incertidumbres, pero algunas certezas, es el comienzo del fin de un proyecto estúpido y desastroso llamado Unión Europea.




Se nos había aleccionado para esperar lo peor. Los mercados castigarían duramente a aquellos que se equivocan al votar, la democracia no es buena idea, ya lo dijo el infame Pedro Sánchez: “Esto es lo que ocurre cuando se consulta a la ciudadanía” ¿Para qué debe decidir la ciudadanía cuando los expertos ya saben lo que es bueno para nosotros? El fundamento del gobierno representativo es este, establecer redes verticales y jerárquicas de toma de decisiones basadas en la legitimidad de los expertos, aunque la experiencia demuestre que en decisiones complejas suelen equivocarse más que la inteligencia colectiva.

Sin embargo, no parece haber pasado gran cosa. Como acaba de afirmar la oficina nacional de estadística británica “no existen pruebas sobre un efecto pronunciado (y negativo) a consecuencia de la votación”

Sí, la libra se “desplomó”, aunque no demasiado.


En realidad llevaba bajando desde finales de noviembre de 2015, pero tras ese “continuo” desplome la economía británica muestra signos de revitalización, las previsiones de crecimiento aumentan, en una economía que se encuentra en pleno empleo.



En agosto de 2016 la tasa de desempleo era del 4,9%, en un país que recibe una cantidad importante de emigrantes del resto de Europa.


Ni siquiera el mercado inmobiliario, con sospechas de burbuja, al menos en Londres, se resiente demasiado ¿Qué ha pasado?